Un tigre y un intergaláctico: dos estilos de gobernar a Colombia

Un torbellino de noticias se produce diariamente en Colombia y el mundo.
Hay ciudadanos que atacan al presidente colombiano Abelardo De la Espriella por profesar su fe católica, por contarle al mundo que en Colombia existe libertad religiosa, por vivar a Cristo Rey, por utilizar símbolos patrios, por transportarse en helicóptero y hasta por asumir el liderazgo cuando un terremoto de magnitud 7,4 sorprendió a numerosas ciudades, pueblos y campos de Colombia, dejando cientos de muertos, heridos y desaparecidos, además de miles de viviendas y edificios afectados o destruidos.
A esto se suman miles de hectáreas de bosque arrasadas por incendios, especies de fauna y flora afectadas y fuentes hídricas amenazadas. En medio de semejante panorama, el nuevo gobierno también se enfrenta a grupos armados ilegales y organizaciones criminales que siguen poniendo a prueba la seguridad del país.
La paz, esa palabra que en Colombia hemos pronunciado tantas veces que a ratos parece consigna, promesa electoral o artículo de lujo.
Colombia ha intentado reconstruirla una y otra vez a lo largo de su historia. Después de la Guerra de los Mil Días y también tras el derrocamiento del general Gustavo Rojas Pinilla, único dictador que ha tenido Colombia, cuando liberales y conservadores decidieron conformar el Frente Nacional y alternarse la Presidencia entre 1958 y 1974.
Para quienes no recuerdan esa parte de la historia política de Colombia, aquí van los presidentes que formaron parte de aquel pacto:
Alberto Lleras Camargo, del Partido Liberal, gobernó entre 1958 y 1962.
Guillermo León Valencia, del Partido Conservador, gobernó entre 1962 y 1966.
Carlos Lleras Restrepo, del Partido Liberal, gobernó entre 1966 y 1970.
Misael Pastrana Borrero, del Partido Conservador, presidió entre 1970 y 1974 y fue el último mandatario del Frente Nacional.
Después llegó Alfonso López Michelsen, elegido presidente en 1974.
Y así llegamos al presente.
Encontramos a un Gustavo Petro, el único presidente de izquierda que ha tenido el país, que parece no resignarse a convertirse en expresidente, y a un congresista como Iván Cepeda, que, aunque reconoció inicialmente su derrota electoral, hoy actúa como si todavía no hubiera terminado de aceptar que quien gobierna Colombia es Abelardo De la Espriella.
Al “Tigre” no lo sentó en la Casa de Nariño una tertulia de amigos ni una aparición celestial: lo llevaron hasta allí casi 13 millones de votos.
Sobrevivió al fuego de sus adversarios y resurgió de las cenizas como el Ave Fénix.
Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con él. Eso se llama democracia. Lo curioso es que algunos parecen creer que las elecciones pueden repetirse mentalmente hasta obtener el resultado que les guste.
Iván Cepeda tiene todo el derecho de ejercer oposición, criticar al Gobierno y combatir políticamente sus decisiones. Para eso también sirve la democracia.
Pero una cosa es hacer oposición y otra convertir cada decisión del Gobierno en el anuncio del Apocalipsis.
Y mientras tanto, desde fuera del poder, Gustavo Petro continúa insistiendo en que hubo fraude electoral.
Curiosa manera de defender la democracia: aceptar las urnas cuando sonríen y sospechar de ellas cuando fruncen el ceño.
Un intergaláctico antecede a De la Espriella
Petro, más pendiente de su mal de amores y de su liderazgo intergaláctico, parece haber olvidado una pequeña incomodidad llamada Constitución.
Esa misma Constitución que no pertenece a Petro, a De la Espriella, a la izquierda ni a la derecha.
Pertenece a Colombia.
Las Fuerzas Armadas no son el ejército privado de ningún presidente, pero tampoco pueden convertirse en espectadores mientras organizaciones criminales asesinan, secuestran, extorsionan y aterrorizan poblaciones enteras.
Quizás el problema sea que durante demasiado tiempo Petro pensó que Colombia era su finca de recreo, en la que pernoctaba unos días, mientras recorría el planeta hablando como si sobre sus hombros descansara el destino de la humanidad.
Presidente de Colombia parecía quedarle pequeño.
Había que salvar el universo.
Modestia, precisamente, nunca fue el problema.
Ahora también aparecen cuestionamientos después de la muerte de alias “Bendito Menor” y de su compañera conocida como “Bebecita” durante un operativo de las autoridades en La Guajira.
Claro está que los cadáveres nunca deberían convertirse en trofeos políticos. Un Estado serio no necesita celebrar muertos para demostrar autoridad.
Pero tampoco conviene borrar quién era quién.
Una cosa es exigir que la Fuerza Pública actúe dentro de la Constitución y de la ley, y otra muy diferente convertir automáticamente al delincuente armado en víctima y al policía que arriesga la vida en sospechoso.
Ese extraño deporte nacional de poner al Estado en el banquillo y al criminal en el diván del psicólogo ya nos ha costado demasiado.
Se debe reconocer que el presidente De la Espriella llegó al poder prometiendo recuperar la seguridad de los colombianos y combatir a las organizaciones vinculadas con el narcotráfico y los cultivos ilícitos.
Ahora tendrá que demostrar que puede hacerlo respetando la ley.
Porque autoridad sin ley termina siendo abuso, pero ley sin autoridad termina siendo decoración.
Y Colombia no necesita ninguna de las dos.
Quiera Dios que Abelardo siga firme por la patria y no pierda el rumbo. Porque la grandeza de un gobernante no se mide por la cantidad de discursos que pronuncia, los países que visita ni los aplausos que recibe.
Se mide cuando la tierra tiembla.
Cuando arden los bosques.
Cuando una familia pierde su casa.
Cuando un ciudadano tiene miedo de salir a la carretera.
Y cuando toca gobernar en lugar de posar.
También convendría recordar algo a quienes parecen sufrir urticaria cada vez que un presidente menciona a Dios.
Colombia es un Estado que garantiza la libertad religiosa. Eso significa que nadie puede imponer una religión, pero tampoco que un creyente tenga que esconder su fe como si llevara contrabando en el bolsillo.
El presidente tiene la obligación de gobernar para católicos, protestantes, judíos, musulmanes, ateos, agnósticos y para cualquiera que no quiera saber nada del asunto.
Pero gobernar para todos no significa creer en nada.
Si existe libertad para declararse ateo, debe existir exactamente la misma libertad para llevar una cruz, rezar, invocar a Dios o vivar a Cristo Rey.
La libertad religiosa que solo resulta cómoda cuando la religión permanece callada no es demasiada libertad.
Una democracia no se vuelve teocracia porque un presidente rece, ni dictadura porque un presidente ejerza autoridad.
La verdadera prueba comienza cuando tiene que hacer ambas cosas respetando la Constitución.
Ahí veremos si el Tigre gobierna con garras o termina convertido en otro gato de Palacio.
Porque de líderes intergalácticos ya tuvimos suficiente.
Ahora probemos, para variar, con uno que gobierne Colombia.
Por Mary Stapper
Opiniones y Crónicas
Abelardo ha demostrado que es un gran presidente que lo que promete, locumple. Que caigan todos los terroristas que tanto daño le hacen al pais.
Aprecio que haya compartido su punto de vista en el tema. Mí opinión respecto a la suya es 50/50.
Excelente reseña de nuestro país y su momento político. Gracias Mary por compartirla.
Lo mejor q nos pudo pasar es nuestro presidente abelardo de la espriella q vino a poner orden en nuestro país Colombia 🙏