Noches de perros
- 5 may
- 2 min de lectura
Ricardo Escalante

Desde el tres de enero de este año los venezolanos sueñan con una vida mejor en
democracia, mientras los angustiantes problemas no dan síntomas de
desaparecer y, por el contrario, cada día estimulan más el riesgo de una revuelta
popular en gran escala.
Las amenazas de estallidos sociales están a la vista. No amainan porque mientras
las exportaciones de hidrocarburos y otros recursos naturales crecen, las familias
de bajos ingresos sufren la falta de alimentos, la inflación, el deterioro del sistema
de la salud pública y la represión chavista.
De eso ya tuvimos un antecedente el 27 de febrero de 1989, el pavoroso
Caracazo. En aquel momento la inflación era alta y acabábamos de salir de un
gobierno que dejó las reservas monetarias del país en solo 300 millones de
dólares, al tiempo que las perspectivas de la recuperación económica superaban
en mucho las actuales. Sin embargo, la población de los cerros bajó dispuesta a
arrasarlo todo y en 24 horas dejó más de 300 muertos, cerca de dos mil heridos e
incalculables destrozos y saqueos.
Ahora, a diferencia de aquella época, carecemos de un líder fuerte y eficiente en el
gobierno y pasamos a ser un protectorado de Estados Unidos. Las grandes
decisiones se toman en Washington, sin que las angustias populares sean
atendidas con la urgencia requerida. Los pagos por concepto de exportaciones
son depositados en las arcas norteamericanas y administrados a cuentagotas.
Los hospitales dependientes del Estado son una vergüenza. Los pacientes deben
llegar con guantes, inyectadoras, antisépticos, medicinas y pare de contar, porque
la nomenclatura chavista solo da para esquilmar la riqueza nacional y para enviar
por trastienda algún repele a la dictadura cubana. A cada momento el noventa por
ciento de esos establecimientos reporta interrupciones de electricidad y agua, a lo
cual se suma la disminución del número de médicos, enfermeras y técnicos, que
han emigrado a otros países en búsqueda de mejores sueldos.
En el caso venezolano no es exagerado hablar de una emergencia sanitaria
compleja, en la que el mantenimiento de la estructura física de los centros
asistenciales contribuye a la expansión de enfermedades. Desde 2024, casi
cuarenta por ciento de las salas de emergencia ha reportado desabastecimiento
de insumos y los equipos no funcionan o lo hacen a medias.
Los sectores de bajos recursos ven ahora limitadas sus posibilidades de concurrir
a los hospitales y, en consecuencia, la mortalidad por diversas causas ha
aumentado, aunque de eso no hay estadísticas oficiales confiables o están
maquilladas. Las enfermedades infecciosas, que habían sido erradicadas durante
los cuarenta años de democracia, han reaparecido. Otra vez se habla de
paludismo, fiebre amarilla, mal de Chagas, tuberculosis…
En pocas palabras, los venezolanos sufren cada vez más los embates de un
sistema de salud que está en el piso. Los pobres viven en Venezuela noches de
perros y eso nadie lo puede negar. ¿Ese problema interesará acaso a la CIA o a la
Casa Blanca? ¿La “fantástica” Delcy Rodríguez estará en condiciones de
garantizar la paz social en Venezuela?
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