La tienda de Mojica
- 4 ene
- 2 Min. de lectura

¿Cómo contar la historia de un personaje tan distinto a todos los demás?
Antonio José Mojica, el de la tienda de la esquina de la calle 11 con segunda, en el barrio La Playa de San José de Cúcuta, en plena frontera con Venezuela, no tiene comparación.
Su tienda funciona en una casa blanca, bellísima, de estilo inglés isabelino, que resalta en medio de la arquitectura del centro comercial a cielo abierto.
Allí ha estado desde 1910, sin aviso publicitario alguno, abierta cuando a su dueño le da la gana, porque, como él mismo dice, “no soy empleado público”.
Conserva los pisos originales y, como toda tienda que se respete, está llena de afiches. Entre ellos, un aviso original de la gaseosa Kits, testigo silencioso de otra época.
Conocí a Mojica hace cincuenta años en la Alianza Colombo Francesa. Piera Cagnolate, hija del dueño del restaurante Aire y Sol, y yo éramos las jovencitas del curso. Los demás eran profesionales de distintas ramas. Antonio ni nos miraba. Solo tenía ojos para Rita Susana Bravo, una despampanante rubia, nacida en Argentina, criada y educada en París, nuestra profesora de francés, quien había llegado a Cúcuta por ser hija de Rubén Bravo, entrenador del Cúcuta Deportivo.
Su padre, don Antonio María Mojica, era un señor de carácter fuerte. Cuenta Pedro Luis Acero Rico en un comentario de Facebook Live que cuando uno llegaba a las ocho de la mañana y preguntaba: “¿Mojica, me vende El Tiempo?”, “el viejo” respondía: “¿Usted ha escuchado que llegó el avión?”. Analicen ustedes si el señor era malgeniado.
El hijo heredó ese temperamento recio. Y aunque mantenga cara de bravo, tiene un corazón más grande que una catedral.
Por Mary Stapper
Opiniones y Crónicas
Comentarios