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En los zapatos de Petro

  • 4 ene
  • 2 Min. de lectura

No quisiera estar en los zapatos de Gustavo Petro, presidente de Colombia, a quien le llueve todo tipo de críticas: unas, bien ganadas por su forma poco clara de comunicar, y otras, claramente infundadas.



Su principal problema ha sido la falta de visión al escoger ministros, asesores y colaboradores.

A ello se suma su dificultad para bajar el ego cuando las circunstancias lo exigen. Durante su mandato se dedicó a confrontar gobiernos amigos, mientras se alineó con quienes nada le aportan al país, como Maduro (fuera de combate), Ortega y Hamás, y se olvidó del Cauca, el Catatumbo y otras regiones de Colombia azotadas por la violencia.


Pelearse con el presidente estadounidense Donald Trump fue, sin duda, su peor error. Esta decisión le ha traído serias consecuencias a Colombia, entre ellas la descertificación, el deterioro de las relaciones comerciales y diplomáticas y su inclusión en la temida lista Clinton, arrastrando consigo incluso a su esposa, a su hijo y al ministro del Interior.


Le faltaron consejos oportunos. Le faltó diplomacia. Le faltó desconectarse de X. Le faltó rodearse de mejores amigos.


Le falló a los adultos mayores, a los niños, a los jóvenes y a las mujeres, a quienes irrespeta con frecuencia mediante frases desobligantes y desafortunadas.


A pesar de no estar de acuerdo con la gestión del presidente Petro, considero que a la oposición le faltó grandeza al echar leña al fuego y caerle al caído en desgracia. No debe ser fácil estar en la lista Clinton, que le congelen las cuentas bancarias o que le nieguen combustible en aeropuertos del mundo. El “todo vale” en esta campaña para escoger al próximo mandatario pone los pelos de punta.


La guerra sucia entre gobierno y oposición está declarada. El primero cuenta con las bodegas y la billetera. La segunda pretende recuperar el poder con precandidatos y candidatos profundamente divididos. Así no se puede.


Bueno o malo, Petro es el presidente de los colombianos hasta el 7 de agosto de 2026. Y si a él le va mal, le va mal a Colombia.


Por Mary Stapper

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