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De La Espriella gobernará desde las regiones

24 jul
3 min de lectura

Cuando pareciera que todo está dicho, o que ya nadie quiere escuchar, contar historias y atrapar la atención del lector sigue siendo el mayor desafío del periodismo. Estas líneas nacen con la nostalgia de quienes extrañamos las grandes salas de redacción, repletas de periodistas pensando distinto, debatiendo con pasión, pero sin convertir al contradictor en enemigo. Una costumbre que Colombia parece haber olvidado.


El país acaba de instalar un nuevo Congreso y, mientras Abelardo De La Espriella se prepara para asumir la Presidencia de la República, comienza también una nueva forma de ejercer el poder.


No será una, sino cuatro las casas desde donde gobernará el nuevo mandatario.

La decisión rompe con décadas de centralismo bogotano y envía un mensaje político claro: el poder no tiene por qué permanecer encerrado entre los muros de la Casa de Nariño mientras el país real se desangra en las regiones.


Resulta comprensible que De La Espriella no quiera convertir la Casa de Nariño en su único refugio. El gobierno saliente dejó demasiadas sombras sobre el manejo del poder, comenzando por el escándalo de las interceptaciones ilegales relacionadas con Laura Sarabia y su entonces empleada de confianza, un episodio que terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más incómodos de la administración Petro.

Sarabia ocupó prácticamente todos los cargos de mayor influencia dentro del gobierno. Desde allí, según múltiples versiones periodísticas, ejercía un poder que iba mucho más allá de su cargo formal, hasta el punto de ser señalada de intervenir en decisiones de seguridad nacional. Después pasó por la Cancillería y terminó representando a Colombia en Londres, donde cambió los corredores del Palacio de Nariño por los salones de la diplomacia británica y los sombreros propios de la realeza.


También resulta entendible que el nuevo presidente haya escogido una guarnición militar como escenario para devolver protagonismo y dignidad a unas Fuerzas Militares que durante los últimos años sintieron cómo se debilitaba su autoridad frente al terrorismo y al narcotráfico.


La designación del mayor general en retiro Jorge Eduardo Mora López como ministro de Defensa confirma esa intención. Un oficial forjado en la lucha contra el narcotráfico, nacido en la aguerrida tierra nortesantandereana y conocedor del conflicto colombiano mucho antes de que este se convirtiera en tema de discursos.


Por eso tampoco puede calificarse como un simple gesto simbólico que De La Espriella decida posesionarse, conforme lo ordena la Constitución, ante el Congreso de la República, pero no en el Capitolio Nacional, sino en una guarnición militar ubicada en el departamento del Cauca, una región golpeada durante años por la violencia, el narcotráfico, las disidencias guerrilleras y el permanente desafío al Estado.


El mensaje es evidente: el nuevo gobierno pretende llevar el poder hasta donde el Estado ha perdido terreno.


Igualmente significativa resulta la decisión de delegar gran parte de la representación internacional en el vicepresidente José Manuel Restrepo mientras el presidente concentra sus esfuerzos en reorganizar el país desde adentro. Colombia tiene demasiados incendios internos como para que su mandatario viva más tiempo en aeropuertos que en el territorio nacional.


Ahora bien, gobernar desde las regiones no puede quedarse en una consigna de campaña. Colombia está cansada de presidentes que prometen recorrer el país y terminan gobernando desde los escritorios del Palacio de Nariño.


Si De La Espriella logra convertir esa promesa en una política permanente, podría marcar un cambio de época.


Pero también deberá evitar un error que ya ha destruido a más de un gobierno: pelear por protagonismo con quienes ya hicieron su historia. Una confrontación abierta con el expresidente Álvaro Uribe Vélez solo serviría para reagrupar a una oposición hoy fragmentada y darle oxígeno político a figuras como Gustavo Petro e Iván Cepeda.

Los colombianos esperan resultados, no guerras de egos.


Que la firmeza no se confunda con arrogancia, ni el liderazgo con la confrontación permanente.


También merece buenos deseos el nuevo ministro del Interior, Rodrigo Lara Restrepo, quien tendrá la difícil tarea de construir mayorías en un Congreso donde el diálogo será mucho más útil que la imposición.


Colombia inicia un nuevo capítulo.


El país ya conoció el discurso de la revolución. Ahora espera el de los resultados.

Gobernar desde las regiones será una gran fotografía el primer día. Convertir esa fotografía en un legado será la verdadera prueba del nuevo presidente.


Por Mary Stapper

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